viernes, 18 de septiembre de 2009

Siento de repente que la vida va más rápido que la velocidad de mis letras

Ahora andarás en Lisboa, en tierras verdes. La cadencia de tu acento.


Y le hablaba de ti, de éste abril que parece se ha ido, de tu acento, fui tres años atrás a través de la palabra, y hablé todo lo que el lunes no hice. Y su rostro parecía conmovido, le hablaba de la chica de ojos azules que sonríe más que nadie en el mundo y que es garantía en ésta vida que sonreiré mucho cuando la vea. Y esa despedida en Tirso, y la incomprensión de las lágrimas ante la partida en esa plaza, en ese aeropuerto. De la negación. De los errores geográficos. Él estaba conmovido, no podía decir palabra alguna, absorto, inundado en lo que pronunciaba, nunca le había visto ese rostro. Quizá nunca le había mostrado esa que fui anoche.



Emocionada, apasionada, sin prisa, no soy la misma hace tres, ni hace dos. No dejaba de pronunciar tu nombre, de tus viajes, de estar, de nuestras lecturas a la distancia, le conté también que cuando dejo de escribirte es porque dejo de hablarme. Porque no puedo conmigo misma. Le he leído a Baricco en voz alta ésta tarde. Nos hemos quedado en silencio.



Me ha contado que tiene la impresión de que a pocas personas les cuento esto, y yo siempre, siempre lo he sabido.

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Sin-retorno

Era una especie de lacerante, dolorosa maravilla. Una dulce catástrofe. Creo que tiene que ver con el hecho de estar siempre fuera, en esos momentos siempre estás ahí, mirándolo desde fuera. No puedes entrar en el trenecito, eso es lo que ocurre, y la casa de los ratones permanece ahí, en la televisión, y tú estás irremediablemente delante, la miras y eso es lo único que puedes hacer. También aquella Casa Ideal, aquel día: podías entrar en ella, si lo deseabas, hacías un rato de cola y podías entrar para visitar el interior. Pero si lo hacías no era lo mismo. Había un montón de cosas interesantes, era curioso, hasta podías tocar las figuras de adorno, pero ya no existía aquella maravilla de cuando la habías visto desde fuera, esa sensación ya no existía. Es algo raro. Cuando resulta que ves el lugar donde estarías salvado, siempre estás ahí mirándolo desde fuera. Nunca estás dentro. Es tu sitio, pero tú nunca estás ahí.

Y dejé de llorar. De eso no hay duda. Paré de llorar. No es que hubiera cambiado nada dentro de mi cabeza, seguía teniendo adherida aquella lacerante maravilla dolorosa, y de hecho nunca me libré de ella, porque cuando un niño descubre que hay un lugar que es su lugar, cuando le haces ver un instante el destello de su Casa, y el sentido de una Casa, y sobre todo la idea de que existe una Casa, ya la has cagado para siempre, hasta el final, a partir de ese punto ya no hay retorno, seguirá siendo uno que pasaba por allí por casualidad, con una lacerante maravilla dolorosa encima, y por tanto siempre más alegre que los demás, y también más triste, con todas esas cosas, mientras deambulas, por las que reír y llorar.

Alessandro Baricco, City.

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