martes, 8 de septiembre de 2009

Como se vuelve siempre al amor

y la luz era distinta. -"Ésto es El invierno"- me dije cien veces. Ni siquiera puedo describirla sin que la saliva interrumpa su paso por mi garganta.


Testigo de mí, testigo de ti.
¿Recuerdas que estábamos en esa tienda en la que vendían montón de chucherías cerca de Fuencarral o de Antón Martín... (La verdad es que ya no lo recuerdo-pero ya no duele), y comenzó a caer un poco de nieve?- Era la primera vez que la sentía -caía de no sé dónde- le dije a mi padre, y estabas conmigo.


La última noche, cuando partí había nieve. No sabía qué significaba, ni si debía significar algo. Reía tanto esa noche porque no podía llorar. Ahora pienso en Tirso de Molina, Tirso de Molina, mira qué tan lejos ha llegado nuestra promesa de volver.



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Sin-retorno

Era una especie de lacerante, dolorosa maravilla. Una dulce catástrofe. Creo que tiene que ver con el hecho de estar siempre fuera, en esos momentos siempre estás ahí, mirándolo desde fuera. No puedes entrar en el trenecito, eso es lo que ocurre, y la casa de los ratones permanece ahí, en la televisión, y tú estás irremediablemente delante, la miras y eso es lo único que puedes hacer. También aquella Casa Ideal, aquel día: podías entrar en ella, si lo deseabas, hacías un rato de cola y podías entrar para visitar el interior. Pero si lo hacías no era lo mismo. Había un montón de cosas interesantes, era curioso, hasta podías tocar las figuras de adorno, pero ya no existía aquella maravilla de cuando la habías visto desde fuera, esa sensación ya no existía. Es algo raro. Cuando resulta que ves el lugar donde estarías salvado, siempre estás ahí mirándolo desde fuera. Nunca estás dentro. Es tu sitio, pero tú nunca estás ahí.

Y dejé de llorar. De eso no hay duda. Paré de llorar. No es que hubiera cambiado nada dentro de mi cabeza, seguía teniendo adherida aquella lacerante maravilla dolorosa, y de hecho nunca me libré de ella, porque cuando un niño descubre que hay un lugar que es su lugar, cuando le haces ver un instante el destello de su Casa, y el sentido de una Casa, y sobre todo la idea de que existe una Casa, ya la has cagado para siempre, hasta el final, a partir de ese punto ya no hay retorno, seguirá siendo uno que pasaba por allí por casualidad, con una lacerante maravilla dolorosa encima, y por tanto siempre más alegre que los demás, y también más triste, con todas esas cosas, mientras deambulas, por las que reír y llorar.

Alessandro Baricco, City.

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