domingo, 27 de septiembre de 2009

Casita de soledades

Dime, ¿Y tu pelito sigue siendo corto?

Me eché a reír y toda la nostalgia se derramó sobre mí.

-no, ya no-



Ésta ciudad me sienta bien, la he penetrado, la he mordido, la he padecido, conozco sus recovecos. La ciudad que mis ojos quieren ver, también la que mi percepción ha limitado. La siento mía y puedo mostrártela a la perfección, andando. No sé conducir. Conozco las calles en las que su suelo está roto, las falsas piedras, donde el perro podría ladrarnos. Sé dónde comer el mejor helado. Pero la comodidad envuelve, casi traga y produce ceguera.


Mi abuelo falleció hace diez años.


Hoy llamé a ese número con lada internacional cerocerotreintaycuatro. –nunca me atreví- hasta el día de hoy. No podía llamar si la razón que expresaban mis labios no era un “voy a volver”.


Hoy llamé para decirlo. En diciembre casi serán tres. Ahora desde afuera Ella suena tan Argentina. He añorado la Argentina que no conozco a través de ella, su dulzura, siento su amor. Habló de entregarme las llaves de la casita de cuarenta y seis metros cuadrados, la que fue mía.


Hoy sí he sido valiente, tengo el billete en mano. Quiero volver una y otra vez.


No lo niego, tú mejor que nadie lo sabes, pudiste ver rastro de eso, fue doloroso y difícil, en especial los domingos. Domingos de aspirar la duela, limpiar las ventanas, rastro y café vespertino. Despertar aquí- creyendo estar allá- Malas bromas perceptuales. Le he dicho que no se preocupe, que sé llegar a esa que fue mi casa. Aunque no sea del todo cierto.


Cuando te pienso y la pienso –tu ciudad- La que ahora eres. Sólo encuentro poesía en ti.

sábado, 19 de septiembre de 2009

en blanco

hoy caminaba por las calles de esta ciudad sin vivirlas. son las calles que me han visto crecer, pero ya no las siento mías. miraba a la gente y tampoco la sentía cercana.
qué lugar es este, y por qué tengo que estar aquí. dónde quiero estar.

ahora veo fotos de aquel con el que compartí tantos años hace un tiempo. y sigo sin reconocerme.
quién soy yo ahora, y por qué me resulta tan extraño lo que fui. quién quiero ser.
esto sí lo sé: la que soy.

viernes, 18 de septiembre de 2009

8:19 pm

Casi, casi en paralelo yo también le hablé de ti. Le hablo de ti. De toda esta belleza compartida, lacerante maravilla, que sólo puedo contigo. De las lágrimas por la puta geografía, que es regalo pero también dolor. De tantas cosas habladas y por hablar, pero sobre todo sentidas al hablar y al escuchar el ritmo de tu acento. De los proyectos, de las tantísimas ganas.
Abril se fue pero está cerca, esperando a que llegue diciembre.

Estuve en Lisboa.
Esa ciudad es poesía.

Siento de repente que la vida va más rápido que la velocidad de mis letras

Ahora andarás en Lisboa, en tierras verdes. La cadencia de tu acento.


Y le hablaba de ti, de éste abril que parece se ha ido, de tu acento, fui tres años atrás a través de la palabra, y hablé todo lo que el lunes no hice. Y su rostro parecía conmovido, le hablaba de la chica de ojos azules que sonríe más que nadie en el mundo y que es garantía en ésta vida que sonreiré mucho cuando la vea. Y esa despedida en Tirso, y la incomprensión de las lágrimas ante la partida en esa plaza, en ese aeropuerto. De la negación. De los errores geográficos. Él estaba conmovido, no podía decir palabra alguna, absorto, inundado en lo que pronunciaba, nunca le había visto ese rostro. Quizá nunca le había mostrado esa que fui anoche.



Emocionada, apasionada, sin prisa, no soy la misma hace tres, ni hace dos. No dejaba de pronunciar tu nombre, de tus viajes, de estar, de nuestras lecturas a la distancia, le conté también que cuando dejo de escribirte es porque dejo de hablarme. Porque no puedo conmigo misma. Le he leído a Baricco en voz alta ésta tarde. Nos hemos quedado en silencio.



Me ha contado que tiene la impresión de que a pocas personas les cuento esto, y yo siempre, siempre lo he sabido.

miércoles, 9 de septiembre de 2009

anillo de brillantes que rasga el cielo rojo

Voy a reconciliarme contigo porque he vuelto a mí,
por mi ausencia no podía verte más a los ojos.



martes, 8 de septiembre de 2009

Como se vuelve siempre al amor

y la luz era distinta. -"Ésto es El invierno"- me dije cien veces. Ni siquiera puedo describirla sin que la saliva interrumpa su paso por mi garganta.


Testigo de mí, testigo de ti.
¿Recuerdas que estábamos en esa tienda en la que vendían montón de chucherías cerca de Fuencarral o de Antón Martín... (La verdad es que ya no lo recuerdo-pero ya no duele), y comenzó a caer un poco de nieve?- Era la primera vez que la sentía -caía de no sé dónde- le dije a mi padre, y estabas conmigo.


La última noche, cuando partí había nieve. No sabía qué significaba, ni si debía significar algo. Reía tanto esa noche porque no podía llorar. Ahora pienso en Tirso de Molina, Tirso de Molina, mira qué tan lejos ha llegado nuestra promesa de volver.



viernes, 4 de septiembre de 2009

sin la frente marchita

Vuelves, sí, ha llegado el momento de que vuelvas. Y tu volver será la parte final del mío. Porque contigo vendrá de nuevo el invierno, esta vez aquí; y cerraremos círculos, para poder abrir nuevos anillos de resonancia.

Sin-retorno

Era una especie de lacerante, dolorosa maravilla. Una dulce catástrofe. Creo que tiene que ver con el hecho de estar siempre fuera, en esos momentos siempre estás ahí, mirándolo desde fuera. No puedes entrar en el trenecito, eso es lo que ocurre, y la casa de los ratones permanece ahí, en la televisión, y tú estás irremediablemente delante, la miras y eso es lo único que puedes hacer. También aquella Casa Ideal, aquel día: podías entrar en ella, si lo deseabas, hacías un rato de cola y podías entrar para visitar el interior. Pero si lo hacías no era lo mismo. Había un montón de cosas interesantes, era curioso, hasta podías tocar las figuras de adorno, pero ya no existía aquella maravilla de cuando la habías visto desde fuera, esa sensación ya no existía. Es algo raro. Cuando resulta que ves el lugar donde estarías salvado, siempre estás ahí mirándolo desde fuera. Nunca estás dentro. Es tu sitio, pero tú nunca estás ahí.

Y dejé de llorar. De eso no hay duda. Paré de llorar. No es que hubiera cambiado nada dentro de mi cabeza, seguía teniendo adherida aquella lacerante maravilla dolorosa, y de hecho nunca me libré de ella, porque cuando un niño descubre que hay un lugar que es su lugar, cuando le haces ver un instante el destello de su Casa, y el sentido de una Casa, y sobre todo la idea de que existe una Casa, ya la has cagado para siempre, hasta el final, a partir de ese punto ya no hay retorno, seguirá siendo uno que pasaba por allí por casualidad, con una lacerante maravilla dolorosa encima, y por tanto siempre más alegre que los demás, y también más triste, con todas esas cosas, mientras deambulas, por las que reír y llorar.

Alessandro Baricco, City.

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