miércoles, 28 de octubre de 2009

Un sueño donde el silencio es de oro

El perro del invierno dentellea mi sonrisa. Fue el puente. Yo estaba desnuda y llevaba un sombrero con flores y arrastraba mi cadáver también desnudo y con un sombrero de hojas secas.

He tenido muchos amores -dije- pero el más hermoso fue mi amor por los espejos.


Pizarnik, (1963)

martes, 20 de octubre de 2009

Va al lavabo y se moja la cara

desde el sueño ya he comenzado a empacar.
toda la ropa de invierno-
seguramente anoche ya no quería estar aquí -las veinte horas y ya estaba en cama.

viernes, 9 de octubre de 2009

11:38

he hecho un esfuerzo muy grande, desde que volví del norte, por apropiarme de esta ciudad. hoy lo hablaba con ellas, que vienen del otro lado del océano, cada una con sus dificultades, pero sintiendo que este espacio les va a pertenecer, aquí se van a sentir libres. las escuchaba y yo cada vez me sentía más lejos de eso, que fue lo mismo que yo viví en el norte.
no puedo apropiarme de esta ciudad.

te confieso que estoy esperando a que vuelvas, tú que tanto has sentido como yo, cerca y lejos, después.
tengo la esperanza de que caminando contigo estas calles podré volver a quererlas
no sé si alguna vez las quise pero
caminando contigo estas calles por lo menos me quedará el consuelo de saberte feliz, porque ahora sí has podido conquistar tu lugar allí, en esa ciudad que tantísimo extraño.

martes, 6 de octubre de 2009

Sus mariposas

y te veo perfectamente con el vestido más hermoso en nochevieja.
Con la belleza que sólo tú posees y que conmueve al mundo.


Su mundo.

Mi mundo.
La de todos aquellos que no queríamos-queremos dejarte ir.



Sin-retorno

Era una especie de lacerante, dolorosa maravilla. Una dulce catástrofe. Creo que tiene que ver con el hecho de estar siempre fuera, en esos momentos siempre estás ahí, mirándolo desde fuera. No puedes entrar en el trenecito, eso es lo que ocurre, y la casa de los ratones permanece ahí, en la televisión, y tú estás irremediablemente delante, la miras y eso es lo único que puedes hacer. También aquella Casa Ideal, aquel día: podías entrar en ella, si lo deseabas, hacías un rato de cola y podías entrar para visitar el interior. Pero si lo hacías no era lo mismo. Había un montón de cosas interesantes, era curioso, hasta podías tocar las figuras de adorno, pero ya no existía aquella maravilla de cuando la habías visto desde fuera, esa sensación ya no existía. Es algo raro. Cuando resulta que ves el lugar donde estarías salvado, siempre estás ahí mirándolo desde fuera. Nunca estás dentro. Es tu sitio, pero tú nunca estás ahí.

Y dejé de llorar. De eso no hay duda. Paré de llorar. No es que hubiera cambiado nada dentro de mi cabeza, seguía teniendo adherida aquella lacerante maravilla dolorosa, y de hecho nunca me libré de ella, porque cuando un niño descubre que hay un lugar que es su lugar, cuando le haces ver un instante el destello de su Casa, y el sentido de una Casa, y sobre todo la idea de que existe una Casa, ya la has cagado para siempre, hasta el final, a partir de ese punto ya no hay retorno, seguirá siendo uno que pasaba por allí por casualidad, con una lacerante maravilla dolorosa encima, y por tanto siempre más alegre que los demás, y también más triste, con todas esas cosas, mientras deambulas, por las que reír y llorar.

Alessandro Baricco, City.

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