miércoles, 22 de julio de 2009



¿Tienes idea de cuándo comenzó todo?


¿En qué punto decidiste romper todo?, con esa tú que eras, saber que era tiempo de sumar y no de ir restando. Perdona si hago muchas preguntas, preguntas que confieso me hago a mi misma cuando las pronuncio, de las cuales ya tengo algunas –o al menos creo- que esas son las respuestas.


…cuando nos llamábamos. Cuando nos encontramos diez, trece días seguidos en los lugares más inusuales. Cuando me vio con otro. Cuando le dije que por fin lo soltaría. Cuando le dije que ya no iba a estar más enamorada de él y como siempre no hizo nada.


El verano de su crisis, ver su ausencia, la de siempre, sus ganas atadas, y teníamos así un dominó frente a los dos, decidí tomar café aunque fuese de noche, él pidió un chocolate por el miedo al insomnio y a los fantasmas que habitan en la madrugada cuando todos callan. Moví una pieza y empecé a derrumbar todo el juego, toda nuestra no-historia cuando le pregunté por Ella.


Desmitificar esa figura de esa Ella con la que vivía, esa Ella con la que dormía, esa Ella por la que –yo creía- que no estaba conmigo. Y saber que el verdadero nombre porque él no estaba conmigo se llamaba miedo.



¿Cuándo?





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Sin-retorno

Era una especie de lacerante, dolorosa maravilla. Una dulce catástrofe. Creo que tiene que ver con el hecho de estar siempre fuera, en esos momentos siempre estás ahí, mirándolo desde fuera. No puedes entrar en el trenecito, eso es lo que ocurre, y la casa de los ratones permanece ahí, en la televisión, y tú estás irremediablemente delante, la miras y eso es lo único que puedes hacer. También aquella Casa Ideal, aquel día: podías entrar en ella, si lo deseabas, hacías un rato de cola y podías entrar para visitar el interior. Pero si lo hacías no era lo mismo. Había un montón de cosas interesantes, era curioso, hasta podías tocar las figuras de adorno, pero ya no existía aquella maravilla de cuando la habías visto desde fuera, esa sensación ya no existía. Es algo raro. Cuando resulta que ves el lugar donde estarías salvado, siempre estás ahí mirándolo desde fuera. Nunca estás dentro. Es tu sitio, pero tú nunca estás ahí.

Y dejé de llorar. De eso no hay duda. Paré de llorar. No es que hubiera cambiado nada dentro de mi cabeza, seguía teniendo adherida aquella lacerante maravilla dolorosa, y de hecho nunca me libré de ella, porque cuando un niño descubre que hay un lugar que es su lugar, cuando le haces ver un instante el destello de su Casa, y el sentido de una Casa, y sobre todo la idea de que existe una Casa, ya la has cagado para siempre, hasta el final, a partir de ese punto ya no hay retorno, seguirá siendo uno que pasaba por allí por casualidad, con una lacerante maravilla dolorosa encima, y por tanto siempre más alegre que los demás, y también más triste, con todas esas cosas, mientras deambulas, por las que reír y llorar.

Alessandro Baricco, City.

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