viernes, 17 de julio de 2009

Caminábamos juntas y separadas

Y el sueño va más o menos así, te lo confieso sin miedo a que por pronunciarlo no se cumpla, es cierto, lo he tenido guardadito muy guardadito, aunque sé siempre lo has leído en mí.


Dura treinta días. Treinta o más pruebas, ver, palpar, escuchar de cada calle qué me dice, prometo no negarme a sus palabras, sus verdades, sus seducciones. Me entregaré a ella aunque sé bien lo que implicará ser tomada en sus brazos.


Tendrá una ventana a la calle, y me detendré en una de esas terrazas que lucen hermosas en verano, leeré con esa calma de habitar de nuevo, sin prisa ésta vez, observaré como si estuviera dentro de nuevo, como si no fuera pasajero, jugaré a adivinar esos acentos -juego que me encantaba- me extraviaré en los trenes, en las líneas del metro, y no pasará nada si me doy cuenta de que el olvido ha hecho lo suyo. Lloraré quizá, pero pediré ayuda.


Escucho la cadencia de mis palabras, mis movimientos, dónde poso la mirada, mi cabello ha cambiado de color, ahora es rubio, mis ojos son otros, mi sonrisa, precisamente mi sonrisa ahora es más amplia, más hermosa, se han ido los colores tristes, vengan esos irracionales, vengan esos que chillan, vengan esos que acarician cuando los ves.



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Sin-retorno

Era una especie de lacerante, dolorosa maravilla. Una dulce catástrofe. Creo que tiene que ver con el hecho de estar siempre fuera, en esos momentos siempre estás ahí, mirándolo desde fuera. No puedes entrar en el trenecito, eso es lo que ocurre, y la casa de los ratones permanece ahí, en la televisión, y tú estás irremediablemente delante, la miras y eso es lo único que puedes hacer. También aquella Casa Ideal, aquel día: podías entrar en ella, si lo deseabas, hacías un rato de cola y podías entrar para visitar el interior. Pero si lo hacías no era lo mismo. Había un montón de cosas interesantes, era curioso, hasta podías tocar las figuras de adorno, pero ya no existía aquella maravilla de cuando la habías visto desde fuera, esa sensación ya no existía. Es algo raro. Cuando resulta que ves el lugar donde estarías salvado, siempre estás ahí mirándolo desde fuera. Nunca estás dentro. Es tu sitio, pero tú nunca estás ahí.

Y dejé de llorar. De eso no hay duda. Paré de llorar. No es que hubiera cambiado nada dentro de mi cabeza, seguía teniendo adherida aquella lacerante maravilla dolorosa, y de hecho nunca me libré de ella, porque cuando un niño descubre que hay un lugar que es su lugar, cuando le haces ver un instante el destello de su Casa, y el sentido de una Casa, y sobre todo la idea de que existe una Casa, ya la has cagado para siempre, hasta el final, a partir de ese punto ya no hay retorno, seguirá siendo uno que pasaba por allí por casualidad, con una lacerante maravilla dolorosa encima, y por tanto siempre más alegre que los demás, y también más triste, con todas esas cosas, mientras deambulas, por las que reír y llorar.

Alessandro Baricco, City.

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